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Carta del padre Joan con impulsos espirituales para el 5° domingo de Cuaresma
 

Miércoles, 25 de marzo de 2020

 Queridos hermanos y hermanas, 

De nuevo he celebrado la Santa Misa con una persona que me ha asistido. Hemos empezado, como siempre, con una breve oración en la sacristía: “¡Nuestro auxilio es el nombre del Señor!” A continuación la entrada a la iglesia, inclinación ante el altar, un breve canto de entrada, introitus, y el saludo litúrgico: “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. El Señor esté...” Y aquí me he parado un momento a pensar: ¿Debo decir “El Señor esté con vosotros” o “El Señor esté contigo”, refiriéndome al sacristán? La mirada a los bancos vacíos de la iglesia me ha dado una rápida respuesta. “El Señor esté con vosotros”, con la comunidad que, si bien físicamente no está presente, sí que se hace presente en nuestro recuerdo y en nuestra oración. Oramos, cantamos y proclamamos la palabra de Dios e invocamos al Espíritu Santo (epíclesis) sobre el pan y el vino en representación de toda la comunidad. Queremos unir a la celebración a los niños de Primera Comunión, los monaguillos, los chicos/as de Confirmación, al coro, a los que ayudan en la vida de comunidad, a los más mayores, al grupo de tiempo libre, a todos los enfermos, débiles, angustiados... ¡y a todos aquellos que tanto sufren a cause de este virus tan maligno! “¡El Señor esté con vosotros!” 

Este próximo domingo 29 de marzo celebramos el quinto domingo de Cuaresma. De nuevo proclamamos un evangelio sensiblemente más largo de lo habitual. Se trata de un fragmento de San Juan 11, 1-45: la narración de la resurrección de Lázaro. Si el tema principal del texto del domingo anterior, también de San Juan, capítulo 9, era la Luz, el de hoy es la Vida. 

Leo con atención esta perícopa, que de hecho es superconocida por todos. Me gusta detenerme en algunos detalles que son muy relevantes porque afirman algo muy esencial de la persona de Jesús. En primer lugar, el hecho de que Jesús tiene amigos, no solamente discípulos y seguidores —aunque sus amigos también son seguidores suyos. Estos amigos tienen nombre: María, Marta y Lázaro. 

La grave enfermedad de Lázaro y su muerte no resultan indiferentes a Jesús. Aunque con un retraso intencionado para que la gloria de Dios, la doxa, se manifieste con más claridad a los presentes y a los lectores del texto, Jesús acude a Betania en Judea a casa de sus amigos. Primero sostiene un breve diálogo con Marta: “Yo soy la resurreción y la vida, quien cree en mi no morirá...” Y a continuación, con María, que, con sollozos y una tristeza profunda, también acude al amigo Jesús. Después de tener un intercambio de palabras muy similar al que ha tenido con su hermana Marta, Jesús llora y se conmueve. Aquí me detengo y medito estas palabras: Jesús llora, se conmueve. Jesús se nos muestra tan humano como cualquiera de nosotros. El hijo de Dios es realmente hombre, un hombre con profundos sentimientos, que muestra sin reparo ni temor a que se le malinterprete. Impresiona que el Jesús joánico, siempre tan teológico, aparezca ahora con lágrimas en los ojos y con profunda pena por la pérdida de su muy buen amigo Lázaro. 

Cuando Jesús llega al lugar de la tumba de Lázaro y pide que quiten la piedra del sepulcro, es advertido de que éste ya lleva cuatro días muerto y “ya huele”. Sorprenden estas palabras: “¡Ya huele!” Reflexiono un momento y me doy cuenta de que también en mi vida hago experiencias como de “muerte”. En en algunos momentos, en algunas situaciones, la cosa “huele mal”, ¡pinta tan mal que no hay remedio! “¡Ya huele!” Jesús no huye de ninguna realidad, ni tan solo de la muerte, aunque ésta haya tomado plena posesión de nosotros o de algo querido por nosotros, ¡aunque la cosa “huela” fatal! Él no tiene miedo a mojarse, a contagiarse, a afrontar el problemón que no nos deja vivir. Él acude a ti, a mí, a nosotros. Nos mira, se conmueve, a lo mejor incluso echa alguna lágrima de tristeza, de horror... y luego pronuncia unas palabras claras: Quita la piedra, el muro que impide que mi palabra llegue a ti, ábrete a mi acción salvífica y redentora. Y luego dice: Lázaro —o como tú te llames— sal fuera, ven a mi encuentro que te quiero devolver la vida, darte vida nueva, abrirte la puerta al presente y al futuro, invitarte a renovar la amistad con Dios, con el Dios de la vida, con todos los vivos. 

Cuando los judíos que acompañaban a la familia de Lázaro vieron lo que había hecho Jesús, creyeron en él. Así termina el Evangelio de este domingo con el versículo 45. Pero no se trata de un “happy end”, porque la liturgia nos omite la reacción de los “otros” judíos, que no creyeron, antes bien, fueron al encuentro de los sumos sacerdotes y de los fariseros para “denunciar” lo que había hecho Jesús. Y éstos, en lugar de mostrar curiosidad sana, de estar abiertos y receptivos a las palabras y las obras de Jesús, se encierran en sí mismos, como si erigieran un muro protector ante Jesús, es decir, ante las obras de Dios. Este muro que erigen es la piedra del sepulcro que quitaron de la tumba de Lázaro. Con su estar encerrados en sí mismos, se encierran a ellos mismos en el ámbito de la muerte, donde la palabra y la acción salvífica de Dios no tienen ninguna posibilidad de actuar. 

Queridos hermanos y hermanas, no creáis que la llamada “resurreción” de Lázaro se produjo solamente una vez. Se produce siempre que en nuestras experiencias de dolor, de inseguridad, de “Sack-gasse” —como la que estamos viviendo ahora con el coronavirus—, de soledad, de angustia... acudimos a Jesús. Llamémosle, pues, insistentemente, para que acuda a nuestra ayuda y nos fortalezca con su amistad, su cercanía, su palabra liberadora... ¡Él quiere que vivamos! Él quiere que depositemos nuestra confianza en Él y recuperemos la fortaleza de corazón y espíritu que nos dio y sigue dando cada día de nuevo. Aunque “huela”, ¡no tengamos miedo! Jesús acude sin mascarilla y se “ensucia” las manos por nosotros. No temamos, porque Él nos contagiará la vida, la alegría y la confianza. 

Antes de terminar un breve aviso. Aunque no tengamos la Misa de los domingos, sí que os podemos ofrecer la posibilidad de recibir el sacramento de la reconcialición mediante la confesión. Este próximo domingo, día 29 de marzo, tendremos confesiones en la sacristía de St. Wolfgang de 11:30 a 12:30 de la mañana. 

También sigue abierta la oficina de la Misión. Nos podéis localizar por teléfono llamando al 0911/614031 o por correo electrónico: spanischsprachige-mission.nuernberg@erzbistum-bamberg.de. 


Un cordial saludo y que Dios os bendiga y os proteja de todo mal y de toda enfermedad y os dé la inteligencia para saber llevar correctamente la situación que nos toca vivir. 

En comunión de oración, vuestro 

        Joan Vinyeta Puntí 

Párroco 

 

 

Datum: 25.03.2020
Marta Vives Marín
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